lunes, 8 de enero de 2007

Créalo, o no...

Una fábula imposible... un monje inexistente... y algo de música de los setenta...

I
El Salto

Sencillamente salté. No podría – ahora – relatar las circunstancias exactas, pues de eso ya hace demasiado tiempo y sin embargo, pareciera que la historia, es decir, mis cronistas, han querido encontrar en ese gesto la justificación de lo que soy o he sido.

Ahora podría hablar de mis procesos iniciáticos. ¡Bah! Ya soy un adulto, y eso está perdido en mi infancia. Había un gato, el gato se caía, yo salté… para buscar al gato. De ahí a lo que vino después hay una distancia tan enorme que ni siquiera yo soy capaz de comprenderla. Algunos pueden creer que eso no es posible, pues de algún modo es cierto que ya he vivido esta vida cientos de veces antes. Claro, claro… digo a quienes preguntan por mi falta de memoria, y después les recito el Quitab Alif Laila Una Laila… tal y como lo aprendí… se los suelto de un tirón y sonrío mucho. Me limito a las primeras frases, tal vez una media cuartilla… pues no hace falta más para que la gran mayoría me mire en un cuasi trance, sin comprender una sola palabra, pero confiados en la sabiduría de cualquier cosa que diga… entonces doy inicio a la misma cantinela, pero ahora hago uso de la famosa traducción de Richard F. Burton. Declamo lentamente, (lo he practicado durante años), permitiendo que mi fuerte acento los inunde. Hay quienes reconocen las palabras, y se sorprenden, hay quienes no entienden nada, y se sorprenden aún más. Entonces los miro con los párpados semiabiertos, y les hablo…

¿Existe algo en común entre mis dos citas? Les digo, sonriendo y tal vez – en el mejor de los casos - aquellos más rápidos de mente me contestarán en voz muy baja… se trata de la misma obra, señor, es el original y su traducción… y yo sonreiré aún más, con esa sonrisa mil veces repetida, y afirmaré… solemne: esta obra, y su traducción, tienen tanto en común como cada una de mis vidas entre sí… que son lo mismo, y algo totalmente distinto…

Eso es lo que hago, y casi siempre funciona. Después, a veces, si estoy de humor, puedo insistir, y hablarles largamente sobre la importancia de las lenguas y de los sonidos… y de cómo quienes hablamos muchas lenguas en ocasiones también soñamos en cada una de ellas, y entonces nuestros recuerdos y las imágenes se convierten en espejos que se ahogan a si mismas… unas a otras, como las del propio Mr. Burton… el Consul Inglés en Trieste, quien afirmaba comprender treinta y cinco lenguas y soñar en más de quince… yo me imagino en la oscuridad de esa ciudad de la frontera y también quisiera soñar de todos los modos posibles para no morir por la falta de luz…

¿Pero, por qué citar el Quitab Alif Laila Una Laila, y no, por ejemplo, el Anattalakkhana-Sutta?… bueno, eso depende… si estuviera frente a algunos de mis monjes entonces ellos no me preguntarían cuánta memoria conservo de mis otras vidas, ni si soy el mismo que mis antecesores… ¡qué mal gusto! Entonces, no me haría falta hablar de esa clase de sandeces - para las que he terminado por prepararme simplemente por obligaciones de cortesía – y podría hablar a los monjes sobre mis sueños de manera muy diferente. Si así fuera, entonces sí podría recitar el Anattalakkhana-Sutta – en sánscrito - que es como mejor se me da eso de la impermanencia del alma.

¿Qué es lo que ustedes piensan, oh monjes? Dice el maestro ¿Es la materia permanente o impermanente? Impermanente, Venerable Señor. Responden al unísono, con voz apagada y rítmica, como a mí me gusta oírlos … ¿Y aquello que es impermanente, es insatisfactorio o satisfactorio? Insatisfactorio, Venerable Señor, responden a coro ¿Y aquello que es impermanente, insatisfactorio, transitorio, es correcto considerarlo: esto es mío, esto soy yo, esto es mi alma? No, Venerable Señor. Las voces en este momento, siempre, se volverán como un murmullo… y así comienza nuevamente el rollo…
¿Es la sensación permanente o impermanente? Impermanente, Venerable Señor. ¿Y aquello que es impermanente, es insatisfactorio o satisfactorio? Insatisfactorio, Venerable Señor. ¿Y aquello que es impermanente, insatisfactorio, transitorio, es correcto considerarlo: esto es mío, esto soy yo, esto es mi alma? No, Venerable Señor.

¿Y la percepción? Impermantente venerable maestro.

¿Y la conciencia? Impermantente señor…

Oh monjes, digo - cito - recito -, (o diré, citaré, recitaré) tal vez con carraspera… Cualquier materia pasada, futura o presente, interna o externa, vasta o sutil, inferior o superior, distante o cercana, toda la materia debe ser considerada con recto entendimiento de acuerdo con la realidad: Esto no es mío, esto no soy yo, esto no es mi alma. Vamos… que ya se lo saben…

Y entonces… cualquier sensación pasada, futura o presente, interna o externa, vasta o sutil, inferior o superior, distante o cercana, toda la sensación debe ser considerada con recto entendimiento de acuerdo con la realidad: (los miro y les indico que contesten y ellos ahora se hacen oír maravillosamente, dándome la idea de un rugido):

Esto no es mío, esto no soy yo, esto no es mi alma.

No vamos a decir que todo esto es una fiesta de la diversión, pero a los monjes y a mí nos gusta, y podemos hacerlo durante horas sin aburrirnos… lo que tiene la ventaja de que en el intertanto nadie hace preguntas.

Lo he intentado en algunas de estas jornadas de difusión a las que me fuerzo para entrenar mi propia compasión… e intento con algo clásico … Pero… quienes aún tienen curiosidad- es decir- los curiosos impúdicos… se preguntan - y con razón – luego de escuchar y repetir tooooda la lata…

Es cierto que la comprensión de la verdad permanente no es ni más ni menos que la conciencia acerca de aquello que no existe… sin importar si eso es dicho en Inglés Shakespeareano o en lenguas semitas, dravídicas o centroeuropeas…Pero entonces, aún si eso es cierto, nada has dicho, maestro, acerca de los motivos…

¡Ahhh! La ignorancia no es más que un mal remedo del verdadero calvario… la imposibilidad de comprender…. Y por eso nunca faltará quien, tras mi agotador intento, hará como un hombre joven de Memphis - Tenesee… quien luego de dormitar durante todo mi discurso y al despertar de un sueño… quizá en Arameo… me miró a los ojos fijamente (lo que comprenderán no es tan fácil) y con una sonrisa preguntó:

Pero, entonces, maestro, por fin… ¿Por qué diste el salto?

En aquella ocasión lo miré con acopio de fuerzas… después de todo soy un santo… y le dije con voz dulce y modesta… ¿es que nada comprendes?

Considerando detenidamente su origen me pareció bien citar algo que le fuera más conocido… y dado que tengo también mis gustos… entoné, medio recitando medio cantando … “Long, Long Time ago”…Eso ocurrió hace doscientos ochenta años… joven amigo… ¿cómo pretendes que lo recuerde?
II

¿Otro Salto?

Tal vez debiera comenzar todo esto de nuevo. De otra manera completamente distinta. Había un niño en mi barrio… - Ya todos saben que yo era un chico latino de unos cinco años, que vivía acomodadamente en la vieja ciudad de Nueva York – Comenzaban los años setenta. Ese niño de mi barrio podría haber sido yo mismo, sólo que no lo era. Él era un chico oriental que vivía, como nosotros, en el Upper East Side. Solíamos salir a jugar juntos, y su casa se fue convirtiendo en mi hogar. Por esa época mi padre daba clases de Literatura Hispana en la Universidad de Columbia, donde conoció a mi hermosa madre. Ella estudiaba algún PhD en historia de la cultura pero en realidad era una fanática de los idiomas y dialectos. Nunca estaban conmigo, pero cuando me prestaban alguna atención solían hablarme en cualquier lenguaje que se les viniera a la cabeza. Mi padre dominaba sólo siete, todos indoeuropeos, si se descuenta, claro está… el chino mandarín que no tiene mayor gracia. Mi madre en cambio le daba mucho a la lengua en todas las derivaciones lingüísticas, (oficiales o no), conocidas y por conocer de sus ancestros de Asia, aunque en verdad sólo tenía una bisabuela vietnamita y ella, en cambio, era una rubia casi completamente danesa, como su padre…

Pude haberme dado cuenta así, y tal vez de alguna manera lo hice… tampoco era tan normal que un chico medio latino del Upper East Side se dedicara a parlotear en koreano con el dueño de la lavandería de la esquina o que soñara ¡siempre! en la lengua del tibet… pero ya saben, a los cinco años nadie tiene más que una conciencia reducida acerca de si mismo, y yo, la verdad…iba por ahí considerando todo eso de lo más normal…

Pero he vuelto a partir de mala manera… Decía que en mi barrio había un extraño chico oriental y que sus padres casi me educaron… El chico se llamaba Ole, y su padre se llamaba Ole, lo que me causaba mucha gracia. Fue al pequeño Ole a quien se me ocurrió contarle lo del salto en mi sueño. Yo estaba en una pequeña choza en las montañas y veía un gato negro y raquítico caer desde un muro, entonces me arrojaba al suelo para atraparlo antes de que cayera… mi cuerpo se azotaba contra el suelo de piedras y mi cabeza rebotaba varias veces… pero al despertar, el gato estaba ahí, entre mis brazos… sano y salvo… Ole se lo contó a su padre y su padre se lo contó a la madre de Ole… entonces me llamaron y me hicieron muchas preguntas… que por qué yo creía que debía saltar, y que si no había tenido miedo, y que si no sabía que al gato probablemente no le habría pasado nada al caer de un par de metros … y que yo en cambio me había azotado contra las piedras… yo les contestaba en tibetano sin saber mucho que decir, pues en esa época no sabía bien la importancia de los sueños y me parecía algo ñoño esto de buscarle tanta y tanta vuelta… pero ya se ha visto… al parecer fue mi compasión la que me hizo saltar entonces y en cada una de mis vidas pasadas…

Después la cosa se puso fea… mi madre gritaba - también en tibetano - que todo aquello era una locura, mientras el padre de Ole intentaba contestar con la mayor calma y hacerle ver que era del todo necesario hacer las pruebas…

Como mi padre no entendía una palabra intentó cambiar el idioma al Inglés, pero no había manera de convencer al señor Ole, ni a mi madre ni a mí mismo… hay cosas que sólo se pueden decir en un idioma y no en otro, explicaba el señor Ole a mi madre y ella lo traducía de mala gana a mi padre, hasta que este se largó a gritar en su chino mandarín del sur hasta hacerse oír. Creo que finalmente todos entendimos que algo había que conceder y nos entregamos a esa alternativa intermedia que, después de todo, es el idioma más común del mundo…

Pero ni el chino mandarín de mi padre ni la dulce voz de mi madre pudieron con el empecinamiento del señor Ole, quien he de decir, no sólo era dueño de un enorme domo de artes marciales y práctica de yoga en el Village, sino que reunía en sí mismo más sabiduría en una palabra que la de mi progenitor en sus varios libros publicados… Así, luego de explicarle, nuevamente, los motivos por los que sería necesario probarme y – de resultar todo bien – llevarme bastante lejos para ser educado… le palmoteó la espalda y logró largarle una frase entera en el más perfecto español de Santiago de Chile… algo que hoy recuerdo como … quédese tranquilo mi amigo… su chiquillo va a estar de lo más bien…
III

Un salto mortal

No fue para nada tan fácil he de decir. A las semanas de haber aceptado mis padres las pruebas, llegó al barrio una comitiva de por lo menos diez curiosos viejecitos vestidos a la manera tradicional… cualquiera que no se haya criado en Manhattan pensará que eso generó algún alboroto entre los vecinos, pero lo cierto es que a nadie le interesó nada, ni los motivos ni los detalles de tan bizarra aparición…

Tocaron varias veces la puerta de mi casa, mas, como solía ocurrir, no encontraron a nadie y a punto estuvieron de tomar sus trastos y volverse a los Himalayas por donde mismo habían llegado. Sin embargo, el señor Ole estaba bien pendiente y los salió a buscar a la carrera y haciendo toda clase de genuflexiones y reverencias que a punto estuvieron de tirarlo boca abajo sobre el pasto de su propio jardín delantero…

Los ancianos lo miraron con amabilidad, pero aún algo perdidos frente a la mole que se inclinaba junto a ellos… creo que he olvidado decir que el señor Ole era un luchador de Sumo retirado, que medía más de dos metros y pesaba unos doscientos kilos… por lo que los pequeños hombres de túnicas anaranjadas y pies descalzos bien podían parecer niños frente a un gigante…

Aún así, mi vecino se las arregló para hacerlos pasar a su hogar y sonriente les presentó a los miembros de la familia… cuando llegó a mí, bajó el rostro y cambió bastante el tono de la voz. Me hizo acercar a los hombres y les fue contando despacio todo aquello que le hacía pensar en la necesidad de hacer las pruebas.

A mí me sorprendió bastante escucharlo, pues hasta ese momento siempre pensé que la única cosa que lo hacía dar la lata era el famoso sueño con gatos, sin embargo les relató un montón de cosas que a mí nunca me habían parecido raras, como mis otros sueños y el hecho que hablara en tantos idiomas a mi edad… y también, y ahí si que me quedé mudo… de mi gran bondad…

Los hombres tomaban notas apresuradas y me miraban fijamente. Yo los miraba a ellos y trataba de morderme la lengua, pues estaba a punto de largarme a reír de sus miles de arrugas y de la manera cómo se les movían los huecos de la nariz mientras me tomaban la mano y hablaban de mí en voz baja, sin decidirse aún a preguntar nada.

Por fin el más anciano de todos me pidió que me sentara y comenzamos a hablar… me hacía preguntas raras, y yo le contestaba lo más raro que se me ocurriera… y él vuelve a preguntar y yo vuelve a contestar… el viejito me sonreía y yo me daba cuenta que mientras más raras mis respuestas más complacido se mostraba, y comenzaba a mirar a sus colegas y asentir con la cabeza, arrugando a un más la piel del cuello que le colgaba por debajo de la pera… hasta que de pronto me quedó mirando y con los ojos brillantes me dijo que si yo creía en algo…

Yo lo miré tratando de saber la respuesta, pero me di cuenta que ya no serviría mi imaginación, por lo que no me quedó más remedio que decirle que no lo sabía, que cómo iba a saber algo así, que nunca había escuchado hablar mucho de esas cosas en mi casa y que en la del señor Ole se meditaba mucho pero se hablaba poco…

Todos los ancianos dieron una carcajada al unísono y yo me quedé pensando que me gustaba el buen humor de esta gente que siempre estaba sonriendo… y el señor viejo entonces me dijo… ¿y? Por qué no nos hablas a nosotros de aquello que te hace pensar, en lo que tú crees que podría ser algo bueno para todos los hombres…

Lo contemplé desconcertado. En esa época - eso que llaman la más tierna infancia - casi nunca tenía muchas dudas sobre nada… y sólo sentía profunda curiosidad por la letra de una canción que ya estaba sonando fuerte en las radios FM... pero me pareció que estos viejecitos no estaban preparados para el country, por lo que me guardé mi comentario y pensé que ya habría oportunidad para hablar acerca de los recovecos poéticos de American Pie…

Tres días después estaba haciendo mis maletas… tenía ya seis años y un par de discos del viejo Don… que por entonces no era nada viejo…
IV

Saltos y tropiezos

No se vaya a creer que por aquel entonces fuera fácil el ir venir con una comitiva de ancianos con los ojos rasgados y las ropas más extrañas… Llegamos al aeropuerto y no faltó trasto que no revisaran ni papel que no requiriera al menos treinta confirmaciones antes de que dejaran pasar a estos diez aspirantes al nirvana con un chico que, a pesar de su cara latina y su pelo pajizo y amarillo, tenía un pasaporte emitido por los Estados Unidos que decía bien claro que se trataba de un hijo de la libertad. Pero por fin los agentes de inmigración, aduana y la policía federal debieron someterse a la realidad. Los locos no eran los viejos lamas sino mis padres que me habían dejado partir con ellos.

La primera parte de nuestro camino fue bastante normal, si se me permite. Fuimos cambiando de avión en avión hasta completar unos seis en total. Pasamos por Miami, luego por Berlín, para finalmente dar varios periplos desde Calcuta a nuestro destino final, el cual, aún hoy no me es posible revelar.

Demás está decir, ahora, que dentro de nuestra filosofía existe una gran variedad de linajes, y que unos y otros, si bien debieran llevarse de lo más bien, no siempre son capaces de abstraerse de los conflictos políticos superiores. Ya se conoce bien las diferencias que algunas de nuestras autoridades religiosas mantuvieron, en su tiempo, con ese señor tan alto llamado Mao Tse Tung. Pues bien, mi caso, aunque no lo sabía, no era tan distinto… Pero ya hablaré de eso y por ahora, me limitaré a ir paso a paso… aunque a veces me tropiece…

Llegamos a nuestro destino unos veinte días después de la partida. Eso no tanto por las demoras propias del viaje, como por cierto empecinamiento de mis escoltas de viajar sólo de noche y muy lentamente, intentando la más de las veces que nadie me viera… Al entrar en el último pueblito de los que nos tocó recorrer, la gente se abalanzó a mi comitiva bramando y dando pequeños gritos en un ruido que, estoy seguro, no correspondía a ninguna lengua humana. Todo era bastante confuso salvo el que la población, obviamente, quería enterarse de la suerte de los sabios en su búsqueda. Ellos gritaban para sacarse de encima a los ruidosos, y así los ruidos se volvían más ruidosos y yo de pronto recordé que esto ya me había ocurrido antes, mucho antes, cuando me llamaban Bhagavat y aún así quienes tan respetuosamente me trataban solían discutir entre ellos sin siquiera recordar que yo estaba ahí mismo y que difícilmente podía alguno de ellos estar en la razón acerca de lo que yo habría pensado, si se consideraba que nada había dicho jamás sobre gran parte de las letanías sobre las que ellos solían disertar… y como el ruido me tenía harto y los amables viejecitos nada lograban para ordenar a esa turba que, todo así lo indicaba, quería verme, saqué la cabeza por la ventana y les dije amablemente… querida gente, podríais guardar más silencio que trato de dormir…

No debí hacerlo, es cierto, pero por aquel entonces mi sentido de la oportunidad no se encontraba aún muy desarrollado, y estaba lejos de comprender el efecto que desde entonces tendría cada palabra que saliera de mis labios. El pueblo se quedó mudo y no volvieron hablar por más de una década, limitándose a la comunicación gestual que, como bien se sabe, tienen sus pros y sus contras…

Finalmente penetramos en un templo de piedra que, se notaba a lo lejos, tenía más años que el propio Matusalem. En él fui, finalmente, reconocido como la última encarnación de quien soy… y luego de estudiar como un verdadero mico, fui ordenado sacerdote en medio de cánticos tan hermosos que casi me hicieron olvidar mi preferencia por los Beatles…

Todo iba de lo más bien para mí y para los monjes, hasta que el mismo día en que cumplí la mayoría de edad, y en lugar de las fiestas que se me había preparado… yo y todos mis compañeros debimos salir del lugar a los tropezones… pues el típico gobierno vecino que nunca falta, acababa de invadir varios pueblos a pocos kilómetros y en cualquier momento podía descubrir el santo lugar en el que se me había ocultado.

Logré sin embargo pasar, antes de la fuga, por el pequeño pueblito a la orilla del templo, y una vez más descolgué la cabeza por la ventana y les hice un gesto para que supieran que si era por mí, ellos podían hablar hasta por los codos. Tardaron pero entendieron, y así, cuando ya había avanzado un kilómetro comencé a escuchar el ronroneo de sus voces. En el fondo de mí di gracias por haberme alejado a tiempo… y continué el camino.

Se podrá pensar que siendo yo quien soy, las cosas serían más sencillas, sin embargo ya les he dicho que entre unos y otros linajes no siempre existe gran armonía, y a pesar de que afirmo que todo mi pueblo es movido por una gran compasión, eso no siempre llega tan lejos como para ir reconociendo por ahí que los vecinos del lado se sacaron el premio gordo y lo andan paseando en un carro de tracción humana.

Así las cosas, debimos dar varias vueltas hasta encontrar un templo en el que se nos admitiera con todas las de la ley y aún así, en él no era posible nombrarme por ninguno de mis títulos ancestrales, ni dar a conocer mi verdadera identidad, por lo que acordamos que al menos en público se me trataría con toda la soltura que la buena educación permitiera. Sólo los más ancianos a cargo del edificio sabían todo, y por lo demás fui yo quien insistí en que se me diera alojamiento como a cualquier joven monje, pues para ser bien claro, desde el punto de vista estrictamente administrativo, eso es lo que soy, ni más ni menos.

Aunque la historia escrita da a este tiempo variadas interpretaciones, e intentan encontrar en cada segundo de mi vida algún mensaje, sé que no hace falta tanta reflexión, pues el sentido más profundo de las cosas suele estar en los eventos más sencillos. Esos fueron días alegres en mi existencia, y en los que pude practicar grandemente mi humildad, pues, de un momento para otro pasé a compartir, por primera vez en mi vida, el cuarto con otros chicos más o menos de mi edad, lo que supuso un cambio revolucionario en mi formación. Recordarán que fui hijo único de una familia de clase media intelectual, es decir, todo un tirano infantil.

Corrían ya los años ochenta, y ni toda la distancia de occidente me habían limpiado de ciertas manías propias de mi primera educación, por lo que me las ingenié del modo más rebuscado para hacerme de una pequeña radio de onda corta que introduje en nuestro cuarto sin preguntar, mayormente, a nadie. A través de ella me enteré de la muerte de John Lennon y también supe con gran alegría sobre la buena fortuna de mi estimadísimo Don McLean, quien luego de casi quince años, seguía en los primeros lugares de las radios, aunque por desgracia, con la misma y única canción.

Así pasó casi un lustro, hasta que las mismas autoridades que nos habían hecho salir a la carrera la última vez, llegaron a pedir una entrevista conmigo. Yo, claro, no me enteré de la amable solicitud hasta que me encontré a mí mismo, séquito incluido, caminando a la carrera por las montañas, sin detenernos ni siquiera para dormir o comer pues, sabíamos, que en casos como éste, camarón que se duerme…

No vamos a decir que pasar por los Himalayas sea precisamente un paseo de día domingo, pero lo logramos en mucho menos tiempo de lo previsto, lo que alentó vivamente mi espíritu deportivo. Llegamos a la India el 26 de mayo de 1990, era la segunda vez en mi vida en que pisaba esta tierra, es decir, hablo de esta última vida, obviamente. Tenía 24 años y aún amaba el Rock & Roll, aunque por ese entonces, ya conocía muy bien la importancia de no hacer notar este pequeño desliz, y en el intertanto ir muy despacio con cualquier cosa que dijera, pues como se cuenta en las historias de Bagdad, para cierta gente, mis ideas se volvían, si no órdenes, al menos verdades de las que era difícil, luego, abdicar.

V

Salto ornamental

¿Sé, por fin, algo más hoy, que lo que sabía a los cinco años?

Es difícil de decir, pues existen profundas diferencias entre la sabiduría y la instrucción. Sin embargo, hay ciertos detalles de los que puedo estar seguro y que me acompañan cuando las esperanzas parecen abandonarme.

Por ejemplo, la certeza de ser un ser humano como cualquier otro, y la esperanza de que alguna vez así seré considerado.

Pero entre saltos y saltos, quien sabe si el hombre, animal de costumbre, culmina aprendiendo algo más, también, acerca de la belleza que puede encerrar hasta el más mínimo gesto.

Debo decir que al cumplir los 29 años, mi vida había sido ya mucho más difícil que la de mis antecesores, y sin embargo, sabía que era necesario que así fuera. Yo no habría podido, en estos días, soportar el encierro en un palacio, rodeado de lujos y placeres… mucho menos la compañía mítica de las quinientas doncellas más hermosas de mi pueblo… pues el hecho de mi encarnación occidental, desde ya supone una tentación demasiado grande, aún para aquella parte de mí que me acompaña desde siempre.

La tarde del 3 de junio de 1995, me encontraba junto a algunos de mis discípulos conversando acerca de uno de esos temas que nos gustan… en esa oportunidad, como tantas, se trataba de la vacuidad, tema que no por repetido deja de ser fundamental, considerando que todas las visiones que nos rodean nos hacen pensar en que estamos lejos de ser vacuos, y sin embargo, que le vamos a hacer… lo somos… De pronto, uno de mis ministros se me acercó respetuosamente, y me advirtió, al oído, que una vez más los aburridos soldados vecinos iban por ahí en mi búsqueda…

Miré a mis monjes y una parte muy humana en mí sintió ganas de echarse a dar insultos por mi mala pata y la tozudez de estos enemigos a los que yo jamás había ofendido, pero como es previsible, contuve adecuadamente la ira y con mi mejor sonrisa me puse de pie, dando toda clase de disculpas por tener que dejar, a tanta gente, con las ganas de más enseñanzas…

Yo ya estaba más que frustrado por la falta de reglas claras sobre procesos internacionales que se aplican en este lado del mundo, y de que a nadie, mucho menos a mi país natal, se le pasara por la mente defender mi integridad… ya no de encarnación de aquel quien soy, sino simplemente de ser humano con derechos inalienables garantizados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y otros cientos de Tratados sobre el tema.

Es por eso, señores, que estoy aquí frente a ustedes y que he estado más que dispuesto, encantado, de contestar a cada uno de vuestras preguntas, pues, a pesar de tantos años de no darle a la lengua, ni una sola vez, en el idioma de mi padre, me gustaría ser acogido en la tierra que lo vio nacer, y en la que, según sé, las instituciones realmente funcionan. Esta solicitud la hago, no en calidad de asilado político ni jefe de estado en el exilio, sino como un simple y sencillo ciudadano…

Y pido me disculpéis si he sido un tanto extenso, Señor Embajador González, o si mi español es algo rudo… pero no lo hablo desde los seis años… y reconozco que me ha fascinado este delicado cantito en mis propios oídos…

Pues bien, vos me habéis pedido alguna prueba acerca de ser quien soy, como condición previa para mi visa en esta bendita República, y si bien, por lo que entiendo de vuestras preguntas, ambos conocemos mi historia al revés y al derecho, os puedo decir, sin lugar a dudas, que tengo dicha prueba… que es de lo más sencilla…

Créalo usted o no, jamás he causado daño a nadie…

1 comentario:

Cata Fdez dijo...

Hay quienes reconocen las palabras, y se sorprenden, hay quienes no entienden nada, y se sorprenden aún más...

...la comprensión de la verdad permanente no es ni más ni menos que la conciencia acerca de aquello que no existe...

pero por aquel entonces mi sentido de la oportunidad no se encontraba aún muy desarrollado, y estaba lejos de comprender el efecto que desde entonces tendría cada palabra que saliera de mis labios. El pueblo se quedó mudo y no volvieron hablar por más de una década, limitándose a la comunicación gestual que, como bien se sabe, tienen sus pros y sus contras… (jajaja, que buena!)

Pero entre saltos y saltos, quien sabe si el hombre, animal de costumbre, culmina aprendiendo algo más, también, acerca de la belleza que puede encerrar hasta el más mínimo gesto. (sublime)´


GRACIAS, por invitarme a leerlo.